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Domingo de la sexta semana de Tiempo Ordinario.
Reflexión de María José Mariño. Carmelita misionera. Consejo de Pastoral de la Unidad. Pastoral de la Salud.

Hoy vivimos en una especie de mercado global donde abundan programas “de la felicidad”, desde unos sobre fitness hasta otros electorales para conseguir un país de las maravillas. La propuesta de Jesús que nos llega a través de las bienaventuranzas parece hecha para que no la acepte ningún experto en marketing: ¿felices los pobres? ¿Felices los que lloran? Pero ¿quién puede aceptar esta propuesta? Estas paradojas comienzan a disolverse cuando miramos al mismo Jesús. Él fue, sin duda, el pobre entre los pobres que renunció a su condición divina para ser uno de tantos, más aun, el servidor de todos y en especial de los últimos. Él supo de dolor, el propio y el de los otros que no dudó en abrazar. Conoció y padeció la injusticia, el odio de los seres humanos hasta la cruz. Pero a través de esta existencia, fracasada a los ojos del mundo, se hizo presente en nuestra tierra el reinado de Dios como realidad y promesa que desafía a la muerte con la fuerza de su amor resucitador. Jesús es el bienaventurado por excelencia, el Hombre feliz, buena noticia personificada porque en Él reina Dios mismo con toda su plenitud. Entonces acontece el milagro de la Vida –y la vida es alegría- transformada en entrega, justicia, solidaridad… a través de nuestra débil carne. ¿Estamos dispuestos a compartir sus preferencias, su misión, su vida? Dichosos nosotros porque en nosotros Él tendrá la última palabra y hoy mostrará ya su fuerza salvadora, su reinado, en nuestra historia.

Categoría: Reflexión semanal | Vistas: 87 | Agregado por: unidadpastoralad | Fecha: 2019-02-17 | Comentarios (0)