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Reflexión por Octavio C. Velasco,

miembro de grupos de catequesis de adultos.

 

En el camino de la vida tenemos sed. Mucha y variada. Sobre todo, de salud, de dinero –de lo que nos procura–, de amor, de justicia, de perdón, de vida eterna. E intentamos calmarla con nuestros propios medios y por nuestra cuenta, o con la ayuda de otros.

 

Humanamente está bien espabilarse e intentar saciarla, y es hasta nuestra obligación, pero no nos basta.

 

Ya al inicio del camino, nos damos cuenta de que buscamos en pozos que no la calman. Ni siquiera en el mejor de los escenarios –que, a veces, están muy alejados de los hermanos que sufren en cualquier lugar-. Y volvemos a tener sed, siempre tenemos sed. Tal vez porque sabemos sobradamente quién es Jesús, pero quizá no lo hemos encontrado personalmente, hablando con Él, y no lo hemos reconocido todavía como nuestro Salvador y como el Salvador del mundo.

 

El agua que Él nos da a beber se convertirá dentro de nosotros en un “surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”, nada menos. Es su promesa. Con su agua podemos adorar ya, ahora, al Padre en espíritu y verdad.

 

La actitud adecuada es la de la samaritana –todos somos un poco ella–, reconociendo nuestra pequeñez debemos pedirla. “Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres…” el Mesías, el Cristo. Lo que es lo mismo que no apoyarse solo en los pozos que nos ofrece la vida, sino en su Palabra, en Él.

 

Y Él se quedará con nosotros.

 

Categoría: Reflexión semanal | Vistas: 158 | Agregado por: AdminUPCH | Fecha: 2020-03-15 | Comentarios (0)