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Cuando las lágrimas son necesarias

Reflexión por Policarpo Díaz

Acabo de ver la película de Icíar Bollaín, Maixabel. Sin hacer spoiler, cuento nada más que la película narra la historia real de Maixabel Lasa que perdió en el año 2000 a su marido, Juan María Jaúregui, asesinado por ETA. Once años más tarde, recibe una petición insólita: uno de los asesinos ha pedido entrevistarse con ella en la cárcel de Nanclares de la Oca (Álava), en la que cumple condena tras haber roto sus lazos con la banda terrorista. Fue un programa avalado primero y suspendido luego por el gobierno.

La película está impresionantemente interpretada por actores de gran calidad, pero destacando especialmente a los tres protagonistas principales: Urko Olazábal, Blanca Portillo y Luis Tosar.

A veces el cine te regala esos espacios en los que el futuro se te anticipa con mucha fantasía, otras veces es el presente el que se te ilumina a través de la peripecia diversa que te cuenta el guion y los actores. Pero en otras ocasiones es el pasado el que se queda profundamente esclarecido, y se juntan a la vez pasado presente y futuro como en una digna conversación o un improvisado baile o canto coral, en el que el pasado da lecciones valiosas para el futuro y en donde al presente no le queda más remedio que aprender. Esta es la impresión que saco después de ver esta magnífica película. No soy técnico, ni crítico de cine. A simple vista yo diría que está muy bien realizada, muy bien interpretada y que desde la música a la fotografía, pasando por el maquillaje, el vestuario y sobre todo el guion, los diálogos, las miradas, los silencios… todo es magistral.
Pero sobre todo destaco las lágrimas de la película. No son muchas, pero las que son son absolutamente necesarias. Tanto pesan las lágrimas del dolor de las víctimas, como las lágrimas de impotencia a las que la conversión a una nueva vida les lleva a los victimarios. No voy a entrar yo aquí en el debate político de la equidistancia. La película en esto es brillantemente respetuosa y sutil. Es cierto que no hay proporción entre la víctima y los victimarios. Pero, por vez primera, veo en una obra artística (que es una luz vivísima y una reflexión digamos filosófica, moral y espiritual) el profundo respeto con el que es tratada tanto la lágrima de la viuda y de la hija del asesinado, como las lágrimas amargas de quien se considera un monstruo y por ello pide perdón.
Y me pregunto: ¿Cómo son mis lágrimas?, ¿Cómo me duele mi pecado?, ¿Soy consciente del dolor que mis actos provocan en las personas? Muchas veces es la vida ajetreada la que tapa el propio pecado y sus consecuencias. La película nos enseña que en el silencio y en la soledad personal (y de eso debe haber mucho en la cárcel) hay tiempo para no poner excusas y quitarte todas las máscaras: las ideológicas, las gremiales, las sociales, las personales. Y pensaba yo para mis adentros esa frase de Jesús recogida con ejemplos e imágenes en Lucas, 15: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por 99 justos que no necesitan convertirse".

Ahí lo dejo. Toca hacer silencio. Rezar. Y si llega la ocasión, volver a verla y sobre todo, recomendarla.

Policarpo Díaz

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