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II Domingo de Cuaresma. 28 de febrero

Las lecturas de hoy son: Génesis 22:1-2, 9-13, 15-18; Carta a los Romanos 8:31-34; Evangelio según san Marcos 9:2-10;

La película “La Vida es bella”, tiene una frase final muy significativa. Después de todo el drama y toda la comedia, la última frase de la misma es la siguiente: “Esta es mi historia, este es el sacrificio que hizo mi padre, este fue su regalo”. El trasfondo de la película son varios sacrificios, en beneficio de la vida de los demás. La madre sacrifica la comodidad de su vida por su esposo y su hijo. El padre sacrifica su vida y la da literalmente para preservar la vida de su hijo y de su esposa. Todo esto nos suena, porque en nuestra fe cristiana, Jesús ha sido sacrificado en la cruz para dar la vida en rescate por todos y de este modo evitar que haya que seguir haciendo otro tipo de sacrificios para obtener de Dios la Gracia.

La primera lectura de hoy, nos presenta la figura de Abrahán, nuestro padre en la fe, el prototipo del hombre atento a la escucha de la llamada de Dios y pronto a la respuesta (“aquí me tienes”), hombre probado en el núcleo mismo de su corazón y enteramente obediente (Otra vez, y son dos, vuelve a decir “Aquí me tienes”). Ya sabéis la historia bíblica que nos cuenta la primera lectura del Génesis: Abrahán, en la vejez de su vida es llamado a “salir de su tierra” y de la casa de su padre, y caminar inciertamente hacia la nueva tierra. Abrahán obedece y se pone en camino. Le alumbra una promesa: tu descendencia será numerosa. En efecto, Abrahán recibe el regalo de su hijo Isaac. Pues bien, ahora, en el texto de hoy, Dios pide que lo sacrifique, que lo ofrezca como un animal en sacrificio. Dios le toca donde más le duele: tierra e hijo: las dos grandes riquezas, de las que Abrahán se despoja por obedecer. De este modo, el gesto de Abrahán es un atisbo del gesto del Padre en la Plenitud de los tiempos, que no “perdonó” a su Hijo y lo entregó a la muerte por nosotros y el gesto de Isaac sobre el altar, es anticipo de Cristo crucificado y devuelto a la vida.

En la preciosa lectura de Pablo a los romanos, Pablo nos hace algunas preguntas. Si Dios está con nosotros (el gesto del Padre y del Hijo, esa radical entrega y prueba de amor, es por nosotros), ¿Quién estará contra nosotros?, ¿Quién acusará a los Hijos de Dios?, ¿Quién condenará?... Son preguntas que San Pablo se hace y que no admiten respuesta dudosa: DIOS ESTARÁ SIEMPRE A NUESTRO FAVOR, DIOS NO NOS ACUSARÁ, DIOS NO NOS CONDENARÁ. ¿Nos entrarán estas afirmaciones contundentes por los oídos y bajarán a nuestro corazón?, ¿Nos las creeremos de verdad? El cristianismo es la religión de la salvación, de la liberación..., no del juicio, ni de la condena. Dios nos ha amado hasta tal extremo, que dando la vida de su Hijo por nosotros nos ha rescatado para siempre. Construyamos un cristianismo más alegre, más optimista, más pascual. Ya está bien del cristianismo excesivamente penitencial, doloroso, negro, pesimista...

Pero, en este camino hacia la Pascua, a los discípulos, como a nosotros, nos entra la “pájara”, el cansancio, la crisis, la falta de esperanza... Por eso Jesús, hace un alto en el camino y justo después de haber anunciado que va a sufrir en la cruz y que va a resucitar, comprendiendo la tristeza que les ha quedado en el corazón, sube con ellos al monte y en la trasfiguración, les anticipa y les esclarece el camino. Hace como una especie de “spoiler”, ya saben: nos cuenta como el final de la película, antes de que la hayamos visto o la hayamos terminado de ver. Oye, no te preocupes, que la cruz lleva a la resurrección, que es como decir: la cuaresma termina en la pascua, el dolor se transforma en alegría, la muerte acaba siendo vida. En el Tabor, que así se llama el monte de la trasfiguración, reciben una experiencia de luz, una experiencia de belleza, de sentido... La fe tiene sentido. Pero Pedro, noble y bruto como nadie, vuelve a meter la pata, una vez más: “Qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas” Es otra vez el camino de la tentación, de llegar a la plenitud por el camino corto, ahorrando la cruz y el sufrimiento. Pedro es el prototipo de justamente lo contrario de lo que decíamos hace un momento del cristiano triste: Pedro aparece como el cristiano jovial e insolidario, que vive bien, que está bien, que tiene una experiencia mística inmensa, pero que se olvida de sus hermanos que están en el llano sufriendo y viviendo la experiencia del dolor.

Hermanos. Ni un cristianismo de la culpa y la condena, del miedo y la oscuridad; ni un cristianismo de las palmas y lo jovial. Acojamos el camino de Jesús, que es camino de cruz y de vida. No podemos separar la cruz de su horizonte pascual, ni a la pascua la podemos desligar de su origen de entrega.

Policarpo Díaz Díaz

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