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Sexto Domingo de Pascua. 9 de mayo

Las lecturas de hoy son: Hechos 10, 25-26, 34-35, 44-48;1 Juan 4, 7-10; Evangelio según san Juan 15, 9-17;

Me voy a meter en un jardín. Disculpen de antemano la falta de rigor y las posibles inexactitudes de mi ejemplo:

1.- Todos conocemos las bondades de los alimentos ultra-congelados. Pueden permanecer prácticamente inalterables durante mucho tiempo y ser consumidos con tan sólo un sencillo proceso de descongelación. Pero, sin embargo, mucha gente prefiere el alimento “fresco”. Hasta en el precio se nota la diferencia de calidad. Dicen que son más ricos, que tienen más proteínas, que al congelar, aunque sea poco, pierde propiedades.

2.- Puede parecer una frivolidad, pero los cristianos corremos el riesgo de meter en el congelador del corazón todos estos mensajes que vamos escuchando una y otra vez a través del año litúrgico. Y en cada liturgia es como si le diéramos un golpe de microondas y los consumimos. Y al consumirlos mediante este proceso, olvidamos todo su aroma, todo su sabor, toda la potencia de sus propiedades. Corremos el riesgo de acostumbrarnos a escuchar todas estas frases y que no se nos conmueva y se nos estremezca nuestro corazón. Por eso, nos invitamos hoy, en esta liturgia, ayudados por esta Palabra de Dios, a acoger esta Palabra como si fuera la primera vez que la escuchamos, como si fuera, porque lo es, Palabra fresca, dicha hoy para mí, con toda su hondura, con toda su actualidad, con todo el vigor para mi vida.

3.- Y desde ahí, acogemos, por ejemplo el Evangelio:

• Comienza con una frase descomunal “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo” Y podemos comenzar preguntándole a Jesús: ¿Cómo te ha amado tu Padre?, ¿Cómo le has conmovido el corazón desde antes de la creación del mundo, hasta tu Gloriosa Resurrección? Es algo que se nos escapa, que no tenemos capacidad para poder comprender, pero el caso es que el Evangelista lo suelta así de golpe: “Así os he amado yo”. Sólo con esta experiencia, podíamos pasar el resto de nuestra vida, felices y gozosos. No hace falta más: sentirnos amados de una manera tan desmesurada, tan honda, tan divina.

• Después usa otro verbo que es importante, porque lo repite mucho. Ya el domingo pasado lo descubrimos: “Permanecer” Permanecer en mi amor. Permanecer… Qué palabra tan hermosa. Suena a madre al lado de su hijo; suena a familia unida al calor del hogar que se mantienen unidos pase lo que pase; suena a fidelidad. Claro, que en nuestra cultura contemporánea somos más de la cultura del clínex (usar y tirar) y de la cultura del microondas (comida rápida), que de la cultura del permanecer y del fuego lento.

• Pero el siguiente paso es el clave: todo esto es para que nuestra alegría llegue a plenitud. Haber: ¿quién de los aquí presentes no quiere ser feliz?, ¿quién no quiere vivir de la alegría y no una alegría efímera y pasajera, conseguida con dos copichuelas, sino una alegría firme, honda, densa, una alegría plena, total? Pues esta alegría nos la regala Jesucristo. Lo ha dicho el Papa Francisco de mil maneras hermosas en la Evangelii Gaudium, el Evangelio de la alegría, porque la Buena Noticia está hecha para conseguir la alegría en el corazón.

• Un paso más: “Ya no os llamo siervos, os llamo amigos”. Esto el algo precioso. Ser amigos entrañables de Jesús, contar con su confidencia, con su confianza, con su lealtad. No ha distancia, como la que puede haber con un siervo, con un obrero, con un empleado… No: amigo. Sin secretos, sin tapujos, sin barreras, sin distancias.

• Una revelación asombrosa: “Soy yo quien os ha elegido a vosotros”. ¿Habéis pasado algún proceso de selección: algún casting, alguna entrevista de trabajo, alguna selección para lo que sea? Pues delante del Señor no hace falta: él ha ido directamente a ti y a mi, y nos ha fichado para su equipo, nos ha llamado por nuestro nombre y ha querido contar con nosotros. Cómo?, conmigo?

• Una tarea increíble: “Y os destinado para que vayáis y deis fruto y que vuestro fruto dure”

• La traca final: “lo que le pidáis al Padre en mi nombre, os lo de” y “esto os mando: que os améis los unos a los otros”

Para la Campaña de la Pascua del Enfermo que hoy celebramos, bajo el lema “Cuidémonos mutuamente”, recomendamos vivamente leer el artículo del Capellán del Hospital de Salamanca José Vicente Gómez, titulado: “La Pascua del enfermo y la soledad”, publicado en la página web de la diócesis.

Para terminar esta reflexión, copio literalmente el final del artículo, porque además hace referencia directa al texto evangélico que hoy se nos regala en la liturgia dominical del VI Domingo de Pascua:

Lo que necesitamos re-aprender

“Hemos escuchado muchísimas veces de boca de nuestros mayores eso de que “la compañía, Dios la amó”. Y así es. Ya en el principio dictó sentencia el Creador: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2,18). Y en los momentos de apuro y destierro del pueblo de Israel, cuando se encontraba en “una tierra desierta y una soledad poblada de aullidos, el Señor lo rodeó cuidando de él y lo guardó como a la niña de sus ojos” (Dt 32,10), lo escogió como su preferido (Dt 26,17s; Jer 30,22) y lo consoló con la promesa de su cercanía en persona: “Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa ‘Dios con nosotros’” (Is 7,14; Mt 1,23). Y cuando llegó el momento culminante: “tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3,16). Y sí, por supuesto, como nadie más lo ha hecho, Jesús es el que nos ha enseñado a unir las dos cosas, la soledad humana y el acompañamiento de Dios. Volvamos a poner en práctica su lección. Él también pasó por ese trance y se sintió solo: rechazado del mundo, abandonado de los hermanos y olvidado del Padre. Pero con la travesía pascual de su pasión, muerte y resurrección, quedó constituido en compañero imprescindible para el camino de la humanidad en cualquier tiempo y circunstancia (Cf. Lc 24,13-35) y aseguró su presencia para siempre en la vida de su Iglesia (Cf. Mt 28,20). De tal manera que ya nada ni nadie nos podrá separar de su Amor (Cf. Rom 8,31-39). Y cuando dos o tres estemos reunidos y en su nombre pidamos algo, tengamos la seguridad de que el Padre nos lo concederá (Mt 18,19s)”

Policarpo Díaz, párroco

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