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17 de febrero. Miércoles de Ceniza

Las lecturas de hoy son: Lectura de la profecía de Joel 2, 12-18; Segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 20--6, 2; Evangelio según san Mateo 6, 1-6. 16-18;

La Cuaresma es por excelencia un kairós, un tiempo oportuno, un tiempo intenso, creativo, caluroso, participado, orante, de salvación. Donde cada cristiano se renueva en su vida de gracia, de incorporación a Cristo que muere y resucita. Es un tiempo oportuno para la escucha de la Palabra, para el ayuno, para la oración. Un tiempo para la reflexión personal, para hacer silencio en el corazón y en la vida, un tiempo privilegiado para el encuentro con Dios.

En la primera lectura del Miércoles de Ceniza, el profeta Joel, con una fuerte iluminación poética, llama a la conversión profunda, interior, manifestada externamente en una jornada de ayuno y penitencia para suplicar la compasión divina: “convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro” (Jl 2,12-13). Sabemos que el silencio tiene vida propia, es una realidad que solo puede ser palpada en la noche oscura del alma, una realidad de la que procede todo ser y a la que retornan todas las cosas. Sólo en el silencio puede tener sentido la palabra Dios y la palabra de Dios. Desde el silencio del corazón podemos escuchar la continuación de la profecía de Joel: “… porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente del castigo… (Jl 12, 13)”.

Nos recuerda el evangelio de Mateo: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial” (Mt 6, 1). Jesús nos invita a ir a las profundidades y ser coherentes y sinceros con nosotros mismos, orar desde lo profundo del corazón, ayunar no solo de cosas materiales, también de ciertos males que nos pasan por la cabeza. Dios no nos ha dado palabras en conserva para que las custodiemos, sino palabras vivas para alimentarnos y alimentar a otros (Ch. Péguy)

La conversión es poner a Dios en el centro de la existencia humana, y desde esa realidad actuar en la vida. Esto nos lleva a un cambio, a liberarnos de aquellos pequeños dioses que nos esclavizan y no liberan al hombre, aunque a veces son necesarios, no deben ocupar el centro de la vida. En ese cambio debemos someter nuestro interés más inmediato a la justicia como respuesta al don del Reino, su práctica es una expresión de amor, siempre fresco, creativo e innovador: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).

El compromiso por la justicia nos lleva al clamor de los más pobres y desheredados de nuestra sociedad. En este camino, se nos ofrece la cruz antes de llegar a la LUZ, recordando que cientos de seres humanos sufren, pasan hambre, son violentados, viven en la miseria, no tienen hogar, viven solos en su vulnerabilidad. Para ello es necesario abrirse a la solidaridad responsable, a introducir la compasión en una sociedad que quiere reprimir el corazón.

Juan Antonio Mateos Pérez

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