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Cuarto Domingo de Pascua. 25 de abril

Las lecturas de hoy son: Hechos 4, 8-12;1 Juan 3, 1-2; Evangelio según san Juan 10, 11-18;

Hoy es el día del Buen Pastor, antes era el día del párroco, que, configurado con el Buen Pastor Jesucristo, apacienta con amor y cariño a su rebaño. Pero hoy la liturgia pide que centremos toda nuestra mirada en Jesucristo, verdadero y eterno sacerdote, verdadero y eterno Buen Pastor. La mirada en él y sólo en él. Ojalá nuestros como sacerdotes, nunca desvíen la atención y la mirada en Él y sólo en él. Que nadie se fije en los curas, sino en Jesucristo.

¿Os parece que hablemos un poco de este Buen Pastor, que es el que guiará, conducirá a buenos pastos y nos protegerá durante toda la vida del lobo?

La figura del pastor era muy familiar en la tradición de Israel. Moisés, Saúl, David y otros líderes habían sido pastores. Al pueblo le agradaba imaginar a Dios como un «pastor» que cuida a su pueblo, lo alimenta y lo defiende.

Con el tiempo, el término «pastor» comenzó a utilizarse para designar también a los jefes del pueblo. Sólo que éstos no se parecían siempre a Dios, ni mucho menos. No sabían cuidar al pueblo y velar por las personas como lo hacía él. Todos recordaban las duras críticas del profeta Ezequiel a los dirigentes de su tiempo: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! No fortalecéis a las ovejas débiles ni curáis a las enfermas ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas ni buscáis a las perdidas, sino que las habéis dominado con violencia y dureza». El profeta anunciaba un porvenir diferente: «Aquí estoy yo, dice el Señor, yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él».

Cuando en las primeras comunidades cristianas comenzaron los conflictos y disensiones, los seguidores de Jesús sintieron la necesidad de recordar que sólo él es Pastor Bueno. Felizmente, hubo un escritor, el evangelista San Juan, que compuso una bella alegoría para presentarlo como el pastor modelo, capaz de desenmascarar a todos aquellos que no son como él.

Jesús había actuado sólo por amor. Todos recordaban todavía su entrega a las «ovejas perdidas de Israel»: las más débiles, las más enfermas y heridas, las más descarriadas. Ellos sabían muy bien que Jesús, el Buen Pastor, había librado del lobo a Zaqueo, a la samaritana, a la mujer adúltera, a la hija de Jairo… El pueblo sabía que esto del lobo no era pura poesía. El pueblo sabía distinguir a un pastor propietario de un pastor asalariado. El pastor bueno siempre trata a las ovejas con cuidado y amor. Las conoce. El pastor que se preocupa de sus propios intereses es un «asalariado». En realidad, «no le importan las ovejas» ni su sufrimiento.

Jesús no había actuado como un jefe dedicado a dirigir, gobernar o controlar. Lo suyo había sido «dar vida», curar, perdonar. No había hecho sino «entregarse», desvivirse, terminar crucificado dando la vida por las ovejas. El que no es verdadero pastor, piensa en sí mismo, «abandona las ovejas», evita los problemas, «huye».

La alegoría del «buen pastor» arroja una luz decisiva: quien tenga alguna responsabilidad pastoral ha de parecerse a Jesús. Han de parecerse a Jesús los padres y las madres, que, con su amor cotidiano, cuidan y velan por sus hijos, en todas las dimensiones de la vida, incluida la dimensión religiosa. Han de parecerse a Jesús los obispos, los sacerdotes, los que tienen alguna responsabilidad pastoral: catequistas, profesores de religión... Velando por las personas que nos han sido encomendadas.

Al final todo es una cuestión de vocación. Hoy estamos celebrando la Jornada mundial de la oración por las vocaciones. Vocaciones de especial consagración, a cualquiera de los muchísimos carismas con que la iglesia ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: vida contemplativa, vida activa, enseñanza, sanidad, misiones, catequesis, inserción parroquial, pobres en su sentido más amplio… Oremos para que los jóvenes hoy se pregunten y creemos el clima adecuado para ello: Señor: ¿qué quieres de mí?

Policarpo Díaz, párroco

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